Carolina Ruggero

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grupos-de-whatsapp-600x617Estamos sentados en la mesa de trabajo, suena la chicharra de mi whatsapp. Siempre es mal momento, pero es lógico: además de con los Indianos, solo me comunico por Whatsapp con mi familia y amigos que están lejos. Siempre es demasiado temprano o demasiado tarde pero habitualmente me alegra mucho el sonido: mi hermana puede estar contándome alguna anécdota insólita que sucede en ese momento sobre el colectivo en el que está viajando al trabajo, o alguna amiga me cuenta que no soporta más a su madre y que está pensando en asesinarla. En fin, comentarios cotidianos de gente con la que mantengo una relación cotidiana.

Pero esta vez no era ninguno de ellos, era un cliente. Sí, por Whatsapp! No importa por qué se comunicaba, solo sé que tuve ganas de escribir: «¿Señor: qué hace usted ahí?».

Recordé que, hace un tiempo, alguien me comentaba que se comunicaba por Whatsapp con su analista; también que otra persona me había contado que se veía incluido en grupos constantemente y que por eso había decidido silenciarlos a todos y mirarlos cuando estaba aburrido. La idea de que se generen grupos multitudinarios de los cuales no quieras participar pero igual sigan ahí me asombra. Parece que en el fondo no se esperara respuesta.

Amo la inmediatez a bajo coste que me permite compartir situaciones cotidianas con mis afectos, pero no puedo entender la irrupción ni el contacto banal por parte de personas con las que deberíamos tener un trato formal. Y por formal no me refiero a acartonado o poco afectuoso, sino a relaciones que, por su cometido, deberían dar un espacio a la conversación y el intercambio, que permita esclarecer ideas, constrastar y construir. No hablo de sentarnos alrededor de mesas de roble, alcanza con dedicar unos minutos a escribir un mail expresando un punto de vista y, sobre todo, saludando; a mantener una conversación telefónica o, si es necesario, reunirse en vivo o por videoconferencia. Es decir, generar contextos para que, si es el caso, algún día exista la posibilidad de enviar un Whatsapp para tomar un café.

«¿Qué pasa con Whatsapp?» recibió 3 desde que se publicó el miércoles 28 de mayo de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Carolina Ruggero.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Goio Borge dice:

    Yo entiendo que ese cliente ya había creado el contexto con anterioridad en algún formato más formal. Es decir, veo extraño Whatsapp para un primer contacto, para un presentarse, para una primera explicación. Pero con el tiempo puede ser lógico que según la naturaleza del mensaje y el lugar en que se encuentre el emisor o el receptor prefiera esa línea. Incluso yo también, igual prefiero recibir un Whatsapp rápido y práctico un domingo a la noche anunciándome que una cita del lunes se modifica que recibir un email que luego tendré que gestionar y limpiar en su buzón. También es cierto que las líneas se difuminan, ahora todo puede recibirse en el móvil y ser mirado casi al instante, y cada generación entra a ese mundo con prioridades y ‘aplicaciones’ preferentes.

  2. Ale dice:

    Me gusta el post. Creo que como todo medio de comunicacion, es interpretado en formas diversas. En mi trabajo lo usan mucho para dejarme mensajitos de cosas que se van acordando sobre la marcha, pero siempre entre colegas. Seguramente algun dia reciba un whatsapp del medico o del verdulero. Por ahora sigo manteniendo cerrado el circulo. Y sigo contandote anecdotas de mis viajes (el colectivo de esta maniana tenia neones, parlantes delanteros y traseros, y una simil-barra a la derecha del conductor con mini botellitas de gin, vodka y fernet pegadas…lujo)

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