Carolina Ruggero

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Aprendiendo


En estos días termina el año y con él mi colaboración en el CMD.

Fueron casi tres años de aprendizajes los cuales merecen más de una reflexión. Como es normal al terminar un proceso, intenté recrear como fueron los primeros momentos y rememoré las primeras sensaciones.

A principios de 2008, venía de distintas experiencias previas en el diseño y gestión de programas de inclusión social dependientes de ministerios de desarrollo o promoción social. Desde allí, me desvelaba por encontrar formas creativas de intervención, por vincular programas esencialmente asistenciales con aquello que denominaba el “mundo real”, es decir, por no trabajar en bolsas de pobreza o comunidades con distintos niveles (o indicadores) de vulnerabilidad, utilizando herramientas y metodologías que no remitieran automáticamente a la marginalidad.

El esfuerzo consistía entonces, dado que me tocó muchas veces trabajar con jóvenes y niños, en bucear respecto de formatos, lenguajes y estéticas de alta calidad, que remitieran a un mundo creativo a la vez que profesional, que abran la puerta a distintos mundos posibles. De allí es que la obsesión fue siempre linkear actividades que pudieran llevar adelante los jóvenes como parte de su proceso en los distintos programas, pero vinculando esas acciones con versiones de alta calidad y con su producción profesional. Se intentaba de esta manera, ofrecer caminos laborales alternativos para el futuro, al tiempo que se proponía una mirada creativa y estéticas diferentes como elementos válidos a la hora de cumplir con los distintos objetivos que se proponían los programas.

Por aquel entonces, el gran esfuerzo consistía en poder vincularnos con ese mundo creativo profesional: no los conocíamos, no trabajaban cerca, a veces hablábamos lenguajes diferentes…

Y es por eso que intentar hacerlo de esta manera nos llevaba el doble de esfuerzo pero los resultados eran valiosos para todos los involucrados y los objetivos de los programas se cumplían con creces.

Así fue que cuando Enrique me propuso trabajar en un programa de inclusión pero desde la Dirección de Industrias Creativas, que dependía de un área de desarrollo económico y no de un típico área social, mi alegría fue inmensa: esta vez tenía a mi alcance a profesionales creativos de las más variadas disciplinas y además estaba trabajando con sectores donde mis posibles demandas no eran una de miles en un territorio de escasez sino la única y todos estaban dispuestos a oír y colaborar.

Tratando de aprender rápidamente sobre diseño, moda, cine, música, inicié mis primeras recorridas por organizaciones e instituciones cuya principal razón fuera trabajar por la inclusión. Me sentía que tenía canastas llenas de un bien que sabía escaso y se me ocurrían mil maneras de como vincular gente y proyectos para hacer que el trabajo en comunidades con dificultades de acceso a todo tipo de recursos, fuera mejor.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo que siempre había estado latente y que no había querido ver (quizás porque uno siempre tiende a trabajar con aquellos similares a uno y le mete para adelante) y es que las mayorías de las organizaciones e instituciones se resisten (si no se niegan) al más mínimo cambio, que las demandas en terrenos de escasez quedan vacías si se contraoferta abundancia, que los reclamos muchas veces son una cosa más que se hace durante el día y que muchas veces no existe la voluntad de hacer las cosas mejor ni aun teniendo herramientas insospechadas al alcance.

El “acá no se puede”, “ellos no van a entender” o el “sí” sin convicción y dejando pasar los días sin responder llamados, me hizo muy tempranamente dar cuenta de que no existe voluntad de cambio real entre muchos de aquellos que se supone trabajan para combatir la pobreza, quizás porque viven de ella y, como sabemos, cualquier trabajo puede ser rutinario y poco imaginativo, depende de uno.

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