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Por qué me gusta MasterChef Junior

niño con cuchilloLa verdad es que no puedo hablar mucho del programa porque no lo vi más de 10 minutos, pero fueron suficientes para lo que quiero decir.

El programa no demuestra el talento de los niños, ni siquiera sabemos si tienen talento. Definitivamente no saben cocinar bien aunque, claro está, se dan mucha maña para la manipulación de alimentos y pueden preparar algunos platos, no tienen idea de sabores o de contrastes, ni tampoco entienden bien las consignas.

Y entonces por qué me gusta MasterChef Junior?

Porque los niños están entre fogones encendidos y aceite hirviendo, y usan cuchillos de verdad, grandes y afilados. Piensen hace cuánto no ven una imagen semejante, en la tele o en el mundo real.

Tanto en la literatura como en el mundo de los objetos, el entorno infantil resta experiencias en nombre del cuidado. Pero, ¿qué cuidado es aquel que inhibe de la experimentación? ¿Qué clase de aprendizaje proporciona? No estoy hablando de que mejor sería infligir miedo adrede o hacer vivir experiencias por encima de la edad física o mental del chico; solo estoy hablando de brindar las posibilidades de aprendizaje del mundo que los rodea.

Hace poco un amigo escritor compartía un artículo en el que un autor se lamentaba y alertaba sobre la posibilidad de aburrimiento literario a causa de la búsqueda de lo políticamente correcto, que llega a cambiarle finales a los clásicos:

¿Qué hacemos con la bruja antropófaga que muere quemada en Hansel y Gretel? Podríamos ponerla vegetariana, y matarla de una neumonía. ¿Y los valores sexistas de los cuentos de princesas? Quizá en vez de princesas deberíamos poner ejecutivas de transnacionales. ¿Y qué hay del prejuicio contra las familias modernas en Cenicienta? A lo mejor, en vez de madrastra, la mala debe ser «una amiga de la familia». Así nos aseguraríamos de transmitir valores sanos… Y cuentos insoportables.

Si pasamos al terreno de los juegos infantiles, la evidencia está a la vista: los niños se montan a juegos de plaza de materiales inocuos, perfectamente acabados y caen sobre una superficie blanda que se encuentra en lugar del suelo. Ya no hay ni arena en los areneros porque es sucia. Eso de caerse y que te duela parece que no va más, mucho menos que se enganche la ropa en un tornillo suelto o los célebres raspones en las rodillas producidos por el duro asfalto.

Cuáles son las consecuencias de todo esto? Ya están entre nosotros. Como nos contaba la autora de este genial blog que dejó de publicar porque (por suerte para ella, por desgracia para sus lectores) cambió de trabajo, los códigos de procedimientos para garantizar la seguridad de los empleados de muchas corporaciones, llegan a los extremos de proveer solo tijeras de puntas redondeadas (sí, como las de los niños):

Unos 40 ¡Alerta! más tarde ya dejo de contarlos y empiezo a sentir que trabajar así es totalmente normal. Tampoco me doy cuenta el grado de fragilidad de muchos de mis compañeros de trabajo. Desesperados ante la posibilidad inminente de un traspié o un corte con papel. Sumidos en su constante análisis mental de las situaciones cotidianas. «Cómo enviar un fax sin que la ropa se te atasque y termines desnudo frente a la máquina». «Paso a paso para doblar llevar carpetas sin tropezarse y terminar con 6 puntos en la frente, o bien con daños cerebrales irreversibles». «Cómo subirse al ascensor sin que te quede la mano afuera»

¿Entonces? ¿Cómo no ponerme contenta por ver niños con cuchillos? Niños que puedan cortarse un poco una yema porque seguramente se la seguirán cortando por el resto de su vida, o que se quemen un poco al distraerse con la sartén. De la misma manera que me pone contenta que desarmen cosas, quieran aprender a soldar o a serrar. Porque el entusiasmo de aprender haciendo supera enormemente el temor a equivocarse.

Carolina Ruggero, socióloga y experta en políticas públicas