Ciudades inteligentes, ayuntamientos tontos

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Ya no podemos decir ni que las «Smart Cities» estén de moda. Ya pasó. Ya no tiene ningún atractivo hablar de ellas. Porque es una idea vieja, porque no significa nada y porque, en definitiva, lo palpable del concepto ya es real, lo es cada vez más y no es otra cosa que un modelo de negocio inadmisible.

cámarasTanto en artículos de divulgación, como en prensa o en artículos académicos, si se habla de una Smart City, se estarán vinculando de manera más o menos sistémica:

  1. Cuestiones ambientales (sobre todo energéticas)
  2. Comunicación intersectorial
  3. El uso eficiente de bienes y servicios
  4. La integración de las nuevas tecnologías (sobre todo relacionados al transporte)

Pero en la vida cotidiana de la smart-city, la mejora de datos se convierte en «supervisión optimizada del espacio», la cooperación publico-privada en la captura de la ciudad por unas cuantas corporaciones; y la comunicación… no es más que la producción incesante de datos por parte de los ciudadanos sin recibir nada a cambio. Pero ¿cómo se llegó a esto?

Mas allá de los puentes y los túneles

Cuando se terminaron los fondos europeos para infraestructuras, llegaron los fondos europeos para I+D, en la búsqueda de no perder competitividad frente a Asia y EE.UU. y sobrevivir la crisis.

De esta manera, las entrenadas plumas de los ayuntamientos españoles comenzaron a redactar proyectos que permitieran comprar aquello que las empresas les venían a vender (con el número de subvención a la que se debía aplicar incluido en el show de ventas). Y esas empresas, no son cualquier empresa, son empresas muy entrenadas en vender artículos con trampa, algo así como una mosca que te deja sus huevos.

Así, Indra, Endesa, IBM y Telefónica, más alguna más, se encargaron de diseñar productos para España y para el mundo con una utilidad tecnológica que puede resultar interesante, para proveer servicios que, en la mayoría de los casos, nadie pidió específicamente y que, por una módica suma, capturarán al estado en concepto de manutención de infraestructura y licencias de software durante décadas.
EU

La innovación en la vida urbana

Indra_SmartCities(1)Un semáforo o una rotonda pueden ser de gran utilidad para una ciudad, también lo pueden ser algunos sensores y ni hablar de la utilidad de repensar una matriz energética o promover la utilización de bicicletas. Asimismo una tarjeta ciudadana o una iluminación eficiente pueden ser de gran valía para los vecinos de una ciudad, hacerles la vida más fácil y más segura.

Sin embargo, si hacemos la pregunta -típica en el diseño de políticas públicas- «¿Cuál es el problema al que se está atacando?, la mayoría de las veces podríamos responderla con «la falta de datos sobre cómo se mueven y qué consumen las personas», ya que ese pareciera ser el objetivo principal de las tecnologías implantadas, sin entrar en el detalle de la generación artificial de necesidades en absoluto prioritarias para los ciudadanos… como que el alcalde pueda representarse frente a un «panel de mandos de la ciudad».

Las ciudades inteligentes

Para empezar, los más o menos inteligentes son los vecinos de una ciudad. Conviven entre sí no de manera macro sino entre personas. En los barrios, donde esta interacción se da de manera más fluida, las necesidades se transforman en modificaciones de comportamientos y hasta de infraestructuras, a veces promovidas por los mismos vecinos.

arroces del mundoEl soporte administrativo de un ayuntamiento puede apoyar ese uso barrial de la ciudad y también puede regular el espacio macro de manera de optimizar infraestructuras y detectar injusticias, abusos o necesidades.

La ciudad es un terreno en pugna, una arena de batallas y resistencias, el escenario de distintos intereses que demandan su lugar, su forma de dar vida a la ciudad. Esas batallas se dan en un quehacer diario, entre comerciantes, emprendedores, empleados, parados, pensionistas, estudiantes, amas de casa, marginales… y el Estado municipal debería de saber de esa pugna, garantizar libertades, saber cómo son sus ciudadanos y pensar a futuro para que la ciudad pueda seguir siendo vivible: ¿habrá más viejos? ¿habrá más jóvenes? ¿qué producirán?

Poner lo común de una ciudad en explotación comercial y a sus habitantes a trabajar en una mina de datos no es sensato. Sin embargo, eso es lo que muchos ayuntamientos hacen, a cambio de promesas de unos datos tontos de circulación en el mejor de los casos, a cambio de una factura abultada en el peor.

No es elegir entre ciudades tontas e inteligentes, sino entre ciudades distribuidas y ciudades corporativas

Pero existe otra manera de hacer las cosas. No decimos que no a la tecnología al servicio de las ciudades. Necesitamos que los lugares en los que vivimos sean eficientes y estén al servicio de nuestras necesidades, también necesitamos que los ayuntamientos gasten menos y ofrezcan mejores servicios.

La manera de lograrlo es no pensando en el dispositivo que se ofrece sino en las necesidades que tenemos para optimizar la vida en la ciudad, la circulación del transporte, los servicios sociales, la calidad del aire, la calefacción en las escuelas, el cobro de salarios, el valor del suelo en el centro, la definición de nuevas centralidades, la apertura o instalación de nuevas empresas la promoción de emprendedores, la cohesión social… y las preguntas deben ser cuáles son nuestras prioridades, qué herramientas nos pueden ayudar, cómo se puede hacer de la manera más eficiente

¿Una fórmula? No puede haber captura corporativa ni se puede reducir los ciudadanos a generadores de datos y debe responderse a sus necesidades reales. Y los caminos que pasan por ahí no van de la mano de los gigantes corporativos sino de los datos abiertos, la fiscalización por cada ciudadano, las arquitecturas distribuidas y el software libre, tecnologías todas ellas más baratas, robustas, resilientes y que no generan dependencias eternas a las administraciones que a estas alturas todavía dicen con orgullo que «el cerebro» de su ciudad está en manos de una multinacional.