El turista de la vida anodina

Epcot world showcase
Cuando era adolescente salté por primera vez de hemisferio. Como ya comenté en otras oportunidades, mi parentela se expandía por una extensa geografía, y la política económica argentina facilitó el que hiciésemos un viaje de gira de reconocimiento parental a Estados Unidos.

Terminando el emotivo tour, hicimos una última escala en Florida. Allí visitamos Epcot Center, donde además de disfrutar las atracciones «futuristas», me quedé con la boca abierta con las reproducciones de edificios emblemáticos de distintas latitudes. En una horita conocí desde la Torre Eiffel a la Pirámide de Chichen Itza, pasando por templos chinos y japoneses y paisajes marroquíes e italianos.

Al regresar a Buenos Aires me divertí engañando durante un rato a los desprevenidos, mostrándoles las fotos y haciéndoles creer que había dado la vuelta al mundo. Luego enseñaba una imagen tomada desde el lago alrededor del cual se ubican las distintas escenografías, evidenciando que estaban una al lado de la otra.

Por esa misma época comencé a descubrir lo que significa el turismo para una importante porción de clase media periférica: dormir en camas mejores que las de casa, tener habitaciones mejor decoradas, comer en lugares más lindos que los del barrio, conducir mejores coches. Eso eran las vacaciones, un viaje al confort.

Por suerte, en una rama de mi familia, el aprender a viajar en cualquier condición viene prácticamente con el ADN. Desde chica me explicaron que gastar dinero en viajar era invertir para aprender a conocer lugares y gente distinta. La diferencia es la de querer conocer lo diferente con hambre en ojos, nariz y oídos, o buscar una experiencia controlada.

La exigencia de la transparencia y la opción por la esclavitud

dbnews_Transparencia_3El mes pasado Juan nos hablaba de la sensación que le producía un discurso sin tartamudeos, liso, sin matices, e hizo referencia a Byung-Chul Han y su definición de que la sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual.

Han, además, haciendo referencia a la dialéctica del amo y del esclavo, dice que «el esclavo de hoy es el que ha optado por el sometimiento» a cambio de un modo de vida escasamente interesante, «la mera vida, frente a la buena vida»:

A cambio de eso, el hombre cede su soberanía y su libertad.

El discurso de la transparencia conlleva de esta manera no solo la falta de sorpresas respecto del otro y lo otro, sino también frente a las propias experiencias íntimas, redundando en una experiencia vital abúlica.

La turistificación

También el mes pasado, Alberto nos hizo referencia a un artículo de Niccolò Viviani, dirigido a los millennials, en el que arranca diciendo:

Somos una generación de esclavos felices… somos perezosos, vacíos, descompuestos, irresponsables, irrespetuosos. No sabemos sufrir, no sabemos lo que significa sudar y ganar cosas, no queremos crecer y asumir responsabilidad… la causa de esto es que fuimos criados en un zoológico. Nos educaron en una prisión feliz, una burbuja que nos ha protegido de la vida real, el dolor, la fatiga, el compromiso, la necesidad, la incertidumbre, la ambigüedad…

En otras palabras, Viviani nos describe el recorrido desde la primera indicación de no poner la mano en la estufa hasta la universidad y el trabajo, a través del cual aprendemos las claves para que todo ocurra sin el menor estrés, hasta llegar a ese final feliz llamado jubilación.

Además, en el artículo Viviani retoma un concepto de Nassim Taleb: La Turistificación. tourists_native_performers

Se trata de la eliminación sistemática de la incertidumbre y la aleatoriedad de las cosas, tratando de hacer todo muy predecible en sus más pequeños detalles. Todo eso por el bien de la comodidad, la conveniencia y la eficiencia

El turista, en contraposición al viajero de Benjamin que disfruta en ese espacio inmenso y enmarañado que es la vida, busca un viaje seguro y predecible: transparente.
Spain Financial Crisis

El turista sólo tiene que seguir el camino común y eficiente, y su propósito es tomar una selfie en los lugares más populares para mostrar al mundo dónde estuvo.

No vive el viaje, sólo piensa en cómo lo mostrará, cuando vuelva, a sus amigos.

Todos tendemos a reducir los espacios de incertidumbre, es normal, lo hacemos para no volvernos locos. Pero hubo un momento en que este instinto de supervivencia se amplificó, negando prácticamente la posibilidad de toda experiencia auténtica.

No se puede crecer y madurar de manera controlada, sin incertidumbre. La experiencia vital sin elecciones y posibilidades de pérdida es una vida en la que no interviene el deseo. No es posible aprender de manera predecible porque tampoco existe la pasión sin incógnitas, porque ahí radica el espíritu de la aventura.

Con temor a temer o a elegir, se opta por la no-libertad y se confunde el turismo con la experiencia. Así, una pasantía de dos semanas se convierte en una experiencia laboral, un viaje de estudios en la aventura de educarse trasnacionalmente, concurrir a una fiesta de masas homogéneas en Plaza Sol/Vodafone en participar de una revolución…

Así, todo se reduce a…

JuniorAchievment
Así todo se reduce a una experiencia lo suficientemente controlada como para poder experimentar la sensación de la euforia que produce la novedad sin la responsabilidad que conlleva lo desconocido. La posibilidad de construir el relato de uno mismo sin el dedicado trabajo que conlleva la construcción de una biografía.

Un aprendizaje epidérmico. El empoderamiento en falso que todo lo que permite es optar por no ser libre.

El primer trabajo

Henri Cartier BressonHace unos años nos encontrábamos en la terraza de los padres de un amigo y, no recuerdo a cuento de qué, mi amigo ironizó con sus padres echándoles en cara que habían tenido hijos sólo para tener a quién pedirle que les vaya a comprar el diario, o que les alcance unos papeles que se habían olvidado en el dormitorio.

Recordé un período en el que odiaba ir a mi hoy lugar favorito porque eso implicaba pasar 48 horas a merced de que me manden a juntar leña o ayudar a limpiar algo que había arruinado la última crecida del río.

“Le Petit Parisien”_ 1952 by  Willy RonisCuando parte de mi familia se mudó a San Luis (y yo con ella), el problema escaló porque incluyó tareas incrementalmente hasta llegar a escabrosas actividades como pelar pollos.

Sin embargo, para esa misma época llegó mi primer trabajo remunerado. Hace tiempo que yo insistía en que me dejen hacer algún trabajo por el que me paguen, pero no me dejaban…

NuecesUn día mi mamá me dijo que el señor que vendía frutas secas cerca de casa, tenía un cartelito buscando a alguien para hacer un trabajo y que, si quería, podíamos ir. Tenía 11 o 12 años y estaba súper emocionada. Fuimos a ver al buen hombre, mi mamá habló por mí y luego el señor me dijo que el trabajo consistía en pelar nueces y me explicó cómo hacerlo para que no se rompan. Así que marchamos con una bolsa de 10 kilos para casa y pasé una semana partiendo nueces con un martillo. De a ratos la familia me ayudaba y la bolsa disminuía… hasta que pude regresar a lo del vendedor de frutas secas con una bolsita, notablemente más chica y más liviana, y cobrar mi paga, la primera de mi vida.

simulcop1Yo ya sabía qué quería comprarme con esos pocos Australes (sí, eran Australes y no Pesos en ese momento): ¡un Simulcop!

El Simulcop era un cuadernito con dibujos hechos sobre hojas de papel manteca desde las cuales, pasando tu lápiz por arriba, podías transferir a tu cuaderno escolar. Así, la cara de San Martín o el sistema sanguíneo te salían perfectamente bien.

La decisión era ridícula, pero bueno, yo quería un Simulcop y en mi casa no me lo compraban y las posibilidades de inversión no eran muchas con ese capital. Sin embargo, ese día pasaron unos amigos de visita y, cuando respondí a la pregunta sobre qué me iba a comprar con mi paga, la amiga de mi mamá se enterneció, fue a buscar al auto uno de los Simulcop que había comprado para sus hijos y me lo regaló.

Lo interesante es que no recuerdo qué me compré finalmente, sólo recuerdo aquello por lo que trabajé.

Después de esa experiencia pasaron algunos años hasta mi siguiente trabajo temporal. A partir de los 16 hice cosas como empaquetar aspirinas o hacer encuestas (cosa que alternativamente hice durante muchos años con gran felicidad a veces y profunda depresión otras), también saqué fotocopias, fui secretaria, vendí productos bancarios en dólares para jubilados, vendí apuntes en la Universidad…

Luego, con trabajos menos calificados primero, se empezó a construir eso a lo que llaman perfil profesional.

Nunca se me cruzó por la cabeza la posibilidad de trabajar o no, como así tampoco la idea de que las cosas venían servidas, había que ganárselas. Y lo que más había que ganarse era la posibilidad de tener buenos trabajos, de elegir.

El otro lado

The_office_USEn un momento determinado no sólo ya tenía trabajos en los que aprendía, sino que además pude empezar a decidir con quién trabajar. Al principio no me di cuenta porque las cosas se iban dando de manera natural: se necesitaba complementar un equipo y yo conocía a alguien que podía cumplir con lo que se necesitaba.

Más tarde me tocó hacerme cargo de equipos que ya estaban formados, aprender a buscar cosas positivas de cada uno, a mejorarlos…

Pero hay un momento en el cual la distancia generacional hizo que yo ya no conociera directamente a personas más jóvenes para integrar equipos, empezaron los pedidos de recomendación (con resultados dispares), y un par de años más tarde… los CVs y las entrevistas. Empezó lo difícil. ¿Cómo saber si esa persona va a convertirse en tu par? ¿Si vas a poder tener un vínculo de confianza que haga que no tengas que dar indicaciones y el otro explicaciones? ¿Se puede generar eso con alguien que no conocés? Supongo que es cuestión de suerte.
Dilbert_-_Acorralado_en_una_entrevista_de_trabajo

Sin embargo, lo más difícil no había llegado. La experiencia más fuerte fue europea: jóvenes con frondosos CVs de postgrados sin sentido, sucesivos programas de estudio sin ningún tipo de hilo conductor… y ningún trabajo. No eran tan jóvenes como para no haber trabajado nunca ni tan viejos como para no tener ganas de hacerlo. Chicos sin experiencia que, sin embargo, pensaban que lo merecían todo. Tenían acreditaciones académicas que así lo decían. Me imaginé, que más desesperación sentiría el director de un estudio de abogados al que le llegaba un chico de 27 con 3 postgrados pero que no había litigado nunca, y claro, a los 27 no podés ser el chico de los mandados para empezar a aprender.

placas-y-diplomasMe pregunto por qué no trabajaron antes, por qué no quisieron hacerlo, por qué no se desesperaban por tener su propio dinero. Porque la necesidad de independencia trasciende la necesidad de comer o de superar la pobreza.

¿De qué tipo serán las empresas que creen? ¿Cuáles las motivaciones que los guiarán dirigiendo compañías ajenas? ¿Cómo harán frente a los reveses del mercado o a las consecuencias de haber tomado una mala decisión?

Creo que sabemos las respuestas, pero mientras las observamos, los años que vienen, sólo tengo un humilde mensaje: Señores padres, no le compren el Simulcop a sus hijos.