Una chica en el cielo

una chica en el cieloHace unos días, Natalia me preguntaba si estaba bien que Juan ilustrase un post con una foto mía, de mí. Después de decirle que sí, mi cabeza viajó en el tiempo hasta el fin de semana en que se tomó.

Mi primo Christian había ido por trabajo a Buenos Aires y decidimos irnos el fin de semana a Mar del Plata a visitar a un amigo. Llegamos, fuimos a la playa y salimos por la noche a un bar. La gente empezó a bailar y nosotros también, la estábamos pasando tan bien que olvidé vigilar mi cartera/bolso que estaba colgada en la barra, o en nuestra mesa, o donde quiera que hayamos estado hacía un rato. Cuando me quise dar cuenta, la cartera había desaparecido y con ella mi billetera, mi teléfono, mis documentos, mi dinero, y las llaves del auto que estaba estacionado en la puerta y que dos días más tarde debería llevarnos de regreso a Buenos Aires, a tiempo para que mi primo pudiera tomar su avión de vuelta a Suiza.

Ya era de madrugada y no quedaba otra cosa por hacer más que dormir, pero me desperté sobresaltada temprano en la mañana. Sin teléfono ni computadora, no recordaba los números de nadie de mi familia (por suerte luego sabría que mi primo sí), además mi madre que era la dueña del coche y por ende del duplicado de la llave, tampoco estaba en Buenos Aires, sino a 1.000 km., pero para el noroeste (nosotros habíamos viajado 400 km. hacia el sur). Antes de terminar de arruinarle el fin de semana a mi hermana, me puse a buscar en una guía telefónica (¿hace cuánto no necesitás una?) compañías de transporte y correo para que me pudieran enviar un juego de llaves y no lograba dar con ninguna…

En medio de esas gestiones, suena el teléfono. Era Mariano, nuestro amigo y anfitrión:

– Hola Caro, ¿estás angustiada con el tema de robo y las llaves?
– Sí, la verdad es que no doy con la manera de resolverlo, me quedé sin nada y para colmo siento que se nos arruinó el fin de semana de reencuentro.
– No te preocupes, llamo para cambiarte el humor. Despertalo a Christian que en media hora pasa una amiga a buscarlos. Se van a tirar en paracaídas.

¿Por qué cuento lo que pasó la noche anterior si la historia va de tirarse en paracaídas? Porque creo que la mala onda que tenía, el estado de desánimo y la idea de que ya nada en ese fin de semana valdría la pena, hizo que generase algún tipo de pulsión que me permitió disfrutar del salto al vacío.

Para ser un paracaidista amateur, hay que hacer un curso de caída libre teórico y práctico y una serie de saltos. Pero si lo que querés es experimentar cómo es eso de tirarse en paracaídas, podés tirarte en tándem con un instructor que solo te explicará previamente como saltar del avión y la posición ideal durante el vuelo.

Algunas de las personas con las que hablé sobre la experiencia, me contaron que desde que se subieron al avión hasta que el paracaídas se abrió sufrieron como unos condenados. Yo no.

Me subieron a un avión que ascendió a poco más de 3.000 metros, cuando llegó el momento de poner un pie fuera del avión, el instructor me empujó suavemente (luego me diría que lo hace siempre para no dar oportunidad a posibles arrepentimientos) y a eso siguieron 40 segundos de caída libre, maravillosos mil y pico de metros a 200 km por hora, una sensación que nunca había sentido antes, donde se pierde el sentido de la velocidad hasta que pasas por una nube o se abre tu paracaídas y ves que el paracaidista que estaba al lado tuyo desaparece en un pestañeo.

A eso le siguieron aproximadamente 5 minutos de planeo silencioso y observación del paisaje, la exacta contraposición de la experiencia reciente, sentís que hasta cambia la música en tus oídos.

Ambas partes de la experiencia son maravillosas, pero sé que la primera parte causa mucho temor a la mayoría de las personas. El adjudicar a un mal día el no haberlo sentido yo, y el haber podido disfrutar al máximo, me enseñó a tener que buscar la manera de disfrutar del vértigo sin un padecimiento o preocupación previa, el poder darme cuenta, ante el miedo, de que es muy posible que un paso más adelante haya algo que vale la pena ser vivido.

Los Di Tella: una familia y mil títulos posibles

amasadoras SIAmEn 1990 empecé el CBC y una de las materias obligatorias, Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, tenía una cátedra que podía cursarse en casi todos los horarios y sedes: la cátedra Di Tella, de Torcuato Di Tella, un ingeniero industrial y sociólogo argentino.

Un par de años antes, Nacha Guevara estrenaba «Del Di Tella al 2000» y un año después, el Canciller del gobierno de Menem, Guido Di Tella, defendía las «relaciones carnales con Estados Unidos». Para ese entonces, ya estaba en condiciones de relacionar estos episodios con un día de mi niñez en que mi madre llegó orgullosa con un destartalado auto «nuevo» (no tener coche es algo que no puede concebir como posibilidad), un Siam Di Tella; y con la heladera que teníamos en la casa del Tigre a modo de alacena (la misma que años después me heredaría Juan, en mi primer casa), un modelo un poco más atrasado que el de mi abuela, pero también una SIAM.

Siam-Di-TellaEl origen de estas postales se remonta a 1892 en la región de Molise, Italia, cuando nace Torcuato Di Tella, quien a los 13 años llega a Argentina y en 1911, durante una huelga de los obreros de la panificación, se le prende la lamparita e inventa una máquina amasadora de pan. La máquina arrasa y Torcuato crea la empresa Sección Industrial Amasadoras Mecánicas: SIAM.

surtidorDurante la Primera Guerra Mundial, Di Tella lucha en el ejército italiano y a su regreso a la Argentina decide estudiar Ciencias Exactas en la UBA. Para ese entonces era el principal fabricante de maquinaria de panificación y elaboración de pasta, y su relación con el director de la recién creada YPF, le permite comenzar a fabricar bombas de extracción de petróleo, oleoductos y surtidores de combustible.

fábrica siamEl golpe militar de 1930 lo deja sin el contrato con YPF, pero Di Tella se concentra en una nueva fábrica de maquinaria industrial y electrodomésticos, en la que llegará a emplear a 10.000 trabajadores, convirtiéndola en la industria metalmecánica más grande de Sudamérica en ese momento.

peron en  motoFue antifascista, profesor universitario y experto en seguridad laboral. Falleció a los 56 años y sus dos hijos ingenieros tomaron el control de SIAM, renombrándola Siam Di Tella. De la mano de Torcuato (h) y Guido llegaron la Siambretta, el Siam Di Tella 1.500… pero lo suyo no era la fábrica y las políticas proteccionistas para la industria no significan crecimiento genuino… luego de varias calamidades, idas, vueltas, nacionalización, malas inversiones, quiebra y venta por partes a otras firmas, hoy lo que queda es una fábrica recuperada convertida en cooperativa.

Instituto di tellaMientras intentaban sacar la empresa adelante, los hermanos fundan en 1958 el Instituto Di Tella, organización educativa y filantrópica, un centro de investigación y experimentación que se convirtió en referencia de la vanguardia artística local, quienes más tarde serían conocidos como «La Generación del Di Tella». El Instituto es clausurado por el gobierno de Juan Carlos Onganía, pero sigue siendo míticamente recordado.

Simultáneamente Guido se doctora en economía y luego fue funcionario de los gobiernos de Cámpora y de Isabel Perón. Guido di tellaCon el golpe del ’76 es arrestado y allí conoce a Carlos Saúl Menem de quien, después de su exilio en Inglaterra y de posteriormente ser diputado nacional, fue Ministro de Relaciones Exteriores de manera resonante ya que llega a interpretar tan literalmente el concepto de política de seducción, que envío de regalo muñecos de Winnie de Pooh a los niños de las Islas Malvinas.

Para esta época, junto a su hermano, crean la Universidad Torcuato Di Tella, que daría continuidad al mítico instituto y que hoy ocupa un importante espacio en la vida académica argentina.

La tv y yo 7Mientras tanto, Torcuato (h), además de continuar sus estudios, crear un instituto de investigación y afianzarse en la vida académica, se casa con Kamala, su novia india, que ocupa un lugar importante dentro del ambiente del Instituto Di Tella. Tuvieron un hijo, Andrés, y también tuvieron que exiliarse. Con la apertura democrática, ocupa un importante espacio en la Universidad de Buenos Aires. En 2003 asume como Secretario de Cultura del gobierno de Néstor Kirchner, cargo al que renuncia un año después diciendo: «la cultura no es prioritaria ni para el Gobierno ni para mí». Su segunda mujer, Tamara, introdujo el sistema Pilates en Argentina y crea una importante empresa.

Andrés se convierte en un reconocido director de cine documental. Precisamente fue viendo «La televisión y Yo», (obra en la que termina recorriendo con su padre Torcuato las instalaciones de la vieja SIAM y escuchándolo contar su infancia junto a su hermano Guido, cómo su padre los obligaba a ir a la fábrica y cómo ellos hicieron lo que él siempre quiso hasta que se fundió),  que me di cuenta de que además de que pedazos de esa familia habían sido parte de mi propia vida, a través de ellos se podía contar la historia de un país pero también la casi universal historia de las trayectorias familiares que se inician con un inmigrante emprendedor que construye todo desde la nada.

El mal del sauce

delta-del-tigreLos deltas son accidentes geográficos formados en la desembocadura de un río por los sedimentos fluviales que ahí se depositan. El delta más conocido es el del río Nilo y de él proviene el nombre dado a estas formaciones, dado que la desembocadura del Nilo se extiende por una región de forma triangular, asemejándose a la forma de la letra griega delta (Δ), por la cual se supone que Heródoto le dio ese nombre.

Existen varios deltas en el planeta, como el del Ganges, el del Amazonas o el del Ebro. Yo solo conozco dos, y uno es de los lugares que más me emocionan en este mundo: el Delta del Paraná, específicamente el último tramo de su desembocadura en el Río de la Plata, ajustando más, la primera sección de islas, perteneciente al municipio de Tigre.

Hasta el siglo XVI este delta estaba habitado por los canoeros chanás, un pueblo con un fuerte influjo cultural guaraní. A partir del siglo XVIII y especialmente durante el siglo XIX la zona fue nombrada popularmente como «La Matrería» o «País de los matreros», porque servía como refugio de gauchos perseguidos y bandidos rurales.

Los primeros proyectos de una modernización de la zona fueron encabezados por Domingo Faustino Sarmiento, quien se instaló en una isla para comprobar el potencial económico de la región.

Desde mediados del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, el Delta recibió una población importante de inmigrantes europeos, lo cual favoreció la producción frutícola que comenzó a comercializarse a través del Puerto de Frutos, en Tigre. La producción incluía sobre todo cítricos y duraznos. Paralelamente, también gana terreno en la zona la producción forestal, la cual continúa actualmente mientras que la de frutales decayó por perder competitividad frente a nuevas zonas de producción frutícola y por las importantes crecidas del Río Paraná.

Recreo TigreEn esa misma época comenzaron la actividad clubes de remo, y un poco después resplandece como lugar turístico, con el florecimiento de recreos y hosterías, codiciados por miles de porteños los fines de semana. La actividad turística entra en decadencia hacia la década de los 70, al mismo tiempo que entro yo en esta historia.

Se dice que la primera vez que fui al Tigre no había cumplido el año, y hay fotos que me muestran envuelta en una sábana, con chupete, durmiendo en una hamaca paraguaya.

Ya mi madre se había estrenado en las islas a la edad de tres años, porque mis abuelos, como otros muchos inmigrantes, eligieron a las islas del Tigre como lugar de fin de semana.

Casa-en-las-Islas-del-Tigre-Islas-del-TigrePasé en una típica casa isleña, situada en el Arrollo Caraguatá, infinidad de fines de semana y vacaciones, en invierno o en verano. La mayor parte de las veces partíamos desde la estación fluvial de Tigre, donde nos subíamos a una lancha colectiva pertrechados de víveres, incluidos combustible, agua potable y barras de hielo. La lancha partía con decenas de heladeritas conservadoras, bidones de agua, bolsos, diarios, mascotas y cualquier cosa que los pasajeros precisaran transportar. Si algo se olvidaba o era necesario comprarlo a último momento, ya pasaría la lancha almacén por nuestro muelle…

Al llegar, la primera consigna/orden era subir rápidamente las escaleras de la casa (son todas en alto, por las crecidas de los ríos) para sacarnos la ropa de ciudad y ponernos «la ropa del Tigre», que eran, ni más ni menos, que aquellas prendas desteñidas, pasadas de moda o con pequeños agujeros que, en otras circunstancias, se hubieran tirado a la basura.

Estacion fluvialY así, mal combinados y con ojotas o botas de goma (dependiendo de la estación), nos convertíamos en seres libres de optar si las próximas horas las dedicaríamos a la exploración, a pescar, a nadar en el río, a escondernos en alguna casa abandonada de la isla a investigar, a construir estructuras de caña y barro, o simplemente, a sentarnos en algún muelle o puente a conversar.

TigreEn la casa no había electricidad ni teléfono. Salvo excepciones, todo se cocinaba a la parrilla. Las isla todavía conservaban varios frutales, e incluso los canales artificiales que se habían utilizado en el pasado para transportar las frutas hasta el arroyo principal más cercano. Los adultos se las pasaban arreglando cosas, tomando sol o jugando al truco; y los niños de varias casas a la redonda, nos autogestionábamos sin importar quién correspondía a qué familia, hasta el momento en que había que volver a la ciudad.

Muchos años después volví al tigre, pero ya mi familia no tenía una casa allí, y empecé a remar. Fue un poco de casualidad, pero varios amigos empezamos a aprender a remar y descubrimos que era una excelente manera de hacer deporte paseando por esos arroyos y canales, que al menos a mí, me alegran la vida. Fue en ese momento que me enteré de la existencia de una mítica enfermedad local: «El Mal del Sauce», de la cual se dice te ataca cuando te sentás abajo de un sauce a mirar el río y ya no podés hacer otra cosa, no te podés ir. Muchos adjudican a este mal el que el Tigre se siga poblando.

DSC03238Vuelvo al Tigre cada vez que puedo, me hago invitar a lo de algún amigo que tenga casa, voy a remar, o me tomo una lancha colectiva sin destino. Además, desde hace varios años pienso en proyectos que puedan vincular a las Islas con lo que estoy haciendo en ese momento (y se me ha ocurrido alguno muy bueno, aunque no llegó a concretarse), es mi forma de combatir la idea de que en realidad, lo que me pasa es que tengo el «Mal del Sauce».

Balnearios

Carlos GesellMientras leía el post de Mary de hace unos días sobre Francisco Piria y Piriápolis, recordé la película Balnearios, de Mariano Llinás, que al principio decía algo así como que la historia de los balnearios argentinos siempre comenzaba con la heroica batalla de un fundador para dominar las fuerzas naturales: el mar, el viento, la arena, la sal…

Quizás Llinás, que también dice que los balnearios son las únicas ciudades que dio el siglo XX, exagera un poco, o más bien generaliza la historia más conocida, la de Villa Gesell. Porque es del relato sobre Carlos Gesell del que muchos nos acordamos si pensamos en la lucha del hombre contra el médano.

Es conocida la leyenda de cómo este fundador dio nombre a un popular balneario a partir de la compra de terrenos considerados inútiles, fijando dunas y médanos, de manera de poder edificar y lograr que las playas quedaran en su mismo sitio en vez de que las montañas de arena fuesen cambiando de lugar. Lo consiguió principalmente forestando intensivamente con coníferas y acacias, lo que hizo de la zona un muy lindo lugar de bosque, playa y mar.

VillaGesellEran los principios de los años 30, y Carlos, hijo del conocido economista Silvio Gesell, no tenía la menor intención de dedicarse a la industria turística, sino más bien de abastecer con madera a la fábrica familiar de muebles para niños. Sin embargo, es verdad que las preferencias de la familia Gesell convirtieron al poblado que se fue constituyendo en un centro de naturistas y veganos; lo cual iba en contraposición a las grandes infraestructuras que se creían indispensables para una ciudad balnearia por aquella época. Los 50 y 60 encontraron a la Villa como una de las máximas expresiones de la llamada nueva moral sexual, y luego de la movida hippie.

villa-gesellA finales de los 70 fallece Carlos Gesell, se lotea el territorio y se empieza a edificar de manera masiva. Si bien todavía existe una amplia zona de barrios entre bosques de pinos y con calles de arena, el centro de la ciudad es bastante feo (más aun durante su fantasmagórico invierno), y además una amplia zona está saturada de altos edificios de dudoso gusto. Sus playas siguen siendo amplias y lindas, sobre todo cuando la temporada de vacaciones no la ocupa con hileras y más hileras de carpas. Pero hoy en día, los jóvenes acomodados que equivaldrían a aquellos veganos y naturistas, prefieren a su vecina coqueta Mar de las Pampas, otrora denostada por su falta de infraestructura y hoy adorada por sus casas bajas y hotelitos boutique.

LFCFui a Villa Gesell por primera vez en el verano de 1987/88, podría describir el bosque, las playas, o los videobares, esos inmensos locales de videojuegos donde nunca me destaqué en el pac-man; pero lo que marcó ese verano de asonadas militares no fue ni la arena ni el compromiso político de aquellos días. Ese verano fue uno de los más importantes de mi vida porque fue cuando por primera vez salí sola. Sí, fue la primera vez que vagué con amigos por la calle, que fui a bailar a un boliche, que asistí a mis primeros shows, y sobre todas las cosas, que volví sola a mi casa. Fue el comienzo de mi adolescencia, ese lugar que nunca olvidaré, pero que al igual que a Villa Gesell, nunca elegiría volver.