El aguante

El aguante

«El aguante» es un concepto espantoso. No importa jugar bien o mal al futbol, importa el aguante. No importa tener buenas o malas ideas, importa el aguante. Bancársela. Aguantar los trapos. Con razón o sin razón, sacando pecho y patoteando.

Trabajé muchos años en proyectos muy difíciles. No solo por los temas que abordábamos, por la falta de presupuesto, por problemas sindicales, por muchísimo personal con el que se hacía muy difícil trabajar, edificios que se caían, comida que no llegaba a quienes tenían que comer. Algunos respondíamos con muchísima pasión y en los ratos libres hasta generábamos cosas nuevas. Yo tenía mucho aguante y me sentía orgullosa por eso.

Además, mucha gente reconocía ese aguante: más orgullo. Más tarde o más temprano podía resolverlo todo y seguir aguantando.

Un día me di cuenta, bueno, en realidad me lo hizo notar un amigo, de que el aguante se había convertido en mi mayor valor. Y el aguante no es un valor, porque el aguante no le pide sentido a las cosas.

Prefiero una y mil veces la desesperación de notar que algo me está saliendo mal, la duda, el nerviosismo sanguíneo de la ebullición creativa y hasta la mente en blanco.

Aguante no es resiliencia, no es creatividad y no es fortaleza.