De saberes populares


Si, gracias a saberes tradicionales mi madre más de una vez me curó una angina complicada con un preparado horrendo o algún amigo me compuso una canilla con solo un alambre. Yo misma aprendí a destapar botellas con el borde de una mesa cuando no hay destapador.

El reconocer tradiciones y aprender cosas de manera no formal, nos ayuda, una vez aprendidas ciertas técnicas, a no depender tanto de terceros.

Ahora bien, más de una vez me tocó escuchar revalorizar estrategias o técnicas por el simple hecho de ser tradicionales.
Y no. Sólo por eso no son válidas.

Lo mismo sucede con la revalorización de los llamados saberes comunitarios, cuando muchas veces es la manera de denominar a lo que se hace cuando no se tiene otra alternativa. Eso no es bricolage, es carencia.

Cada cual soluciona sus vicisitudes de la manera que puede, con lo que tiene a la mano y conoce, pero eso no quiere decir que sea la mejor manera.

En el caso del trabajo profesional con comunidades económicamente vulnerables, más de una vez me tocó escuchar la sobrevalorización de ciertos saberes populares ante distintas problemáticas. Y ahí me alarmo.

No porque no crea en las capacidades individuales, sino porque dejo de entender cual es el objetivo de destinar fondos solo para alabar estrategias existentes.

A lo que me refiero es a que si alguien decide que es prioritario invertir dinero en una intervención profesional o técnica en una comunidad dada, es porque se considera que puede agregar algo a esa comunidad, orientar (tomando en cuenta los deseos y preferencias de las personas) desde un saber específico hacia mejores resultados. Agregar valor.

Si ante una situación semejante, un profesional solo se dedica a destacar costumbres ancestrales y saberes tradicionales, sencillamente está cobrando por nada.

De problemas y soluciones

Hay muchas formas de abordar un problema. Como mínimo, tantas como hay para definirlo.

Uno de los ejemplos típicos que se utilizan en políticas sociales es el del embarazo adolescente: el abordaje del problema va a cambiar según definamos que lo que hay que solucionar es que las chicas tienen relaciones sexuales antes del matrimonio, que serán madres solteras, que no toman precauciones anticonceptivas, que abandonan el colegio, que deben dejar sus trabajos, que la maternidad temprana ocasiona problemas de salud, que las chicas no tienen proyectos de vida alternativos a la maternidad, etc. etc. etc.

Podríamos hacer el ejercicio de pensar cuales serían las distintas formas de abordar esta misma situación según se decida como definirla. Lo que estará en el centro será el objetivo de esa acción que se está planificando para contrarrestar el problema, y las formas de definir los objetivos cambian mucho, muchísimo, las propuestas de abordaje.

Entonces, la manera de definir el problema de la exclusión nos dirá cual será el objetivo principal de un programa, plan, política, proyecto o intervención que intente combatirla.

Por supuesto, los problemas son siempre multicausales, muchas son las variables que atraviesan una situación de exclusión y múltiples son también las racionalidades que pueden predominar en las distintas respuestas.

Es que la definición tanto del problema, como de los objetivos de las intervenciones, como las acciones mismas, son producto de una manera de ver el mundo, son ideológicas.

No está ni mal ni bien, es. De lo que se trata es de notar cual es la racionalidad imperante en una determinada política o proyecto para poder entenderla mejor o saber si el problema que estamos discutiendo fue definido según parámetros que nosotros aceptamos como válidos.

Por ejemplo, el acceso a la cultura, a la información y la capacidad de elegir el propio proyecto de vida para mí son variables centrales en la inclusión de sectores poblacionales desfavorecidos.

Ahora bien, si tengo una sola partida de fondos, por más que yo crea en el aumento de la capacidad expresiva que proporcionan los talleres de teatro, seguramente prefiera invertir esa partida en una capacitación en un oficio que esté demandando el mercado de trabajo y, en todo caso, luego vemos como trabajamos las demás habilidades sociales.

La razón? porque sin una herramienta que habilite para el trabajo, el taller sobre proyecto de vida se va a reducir a ver a qué ventanilla es más conveniente ir a solicitar el subsidio.

Por supuesto todos aspiramos a planificar proyectos más complejos, que aborden distintas variables, que puedan ser más que un taller de capacitación; pero lo que me importa destacar es cuál va a ser la racionalidad imperante al momento de esa planificación, qué lugar ocupará cada variable y, si toca elegir, cuál se sacrificará: la que me regala una mejor foto o la que permite a una persona tener algo para ofrecer en el mercado?

El día que Dios inventó el Kiwi

En estos días en que nos las pasamos hablando de cómo podíamos vivir no ya sin internet, sino sin smartphones; si nos gustan o no las tablets, o como nos cambiaron las presentaciones usando prezi, debo decir que yo recuerdo la primera vez que vi un kiwi y la primera vez que escuché la palabra rúcula (efectivamente amigos palermitanos, la pizza antes era solo de muza, ni siquiera de mozzarela de Búfala -que no sabíamos qué era).
Pero esto no es una especie de noche de la nostalgia, es otra manera de decir lo mismo: como las tecnologías posibilitaron nuevos cultivos, como los consumos se diversificaron, como el mundo esta cada vez más a nuestro alcance.